Tal y como anticipaban los indicadores que fuimos conociendo a lo largo del año, los datos recientemente publicados por el Instituto Nacional de Estadística vienen a confirmar que el rápido proceso de desescalada ha permitido que en el tercer trimestre la economía española haya registrado un rebote del 16,7% intertrimestral, superando tanto nuestra previsión del 13,8% como el 13,5% del consenso. Datos que tienen su raíz en la positiva contribución de la demanda nacional (14,8%) y del sector exterior (1,8%). No obstante, este avance debe ser considerado con cautela ante la limitación de información sobre el mes de septiembre por lo que la revisión que el INE efectuará el próximo diciembre podría terminar ajustando la distancia entre la tasa real y las estimaciones.
Aunque es cierto que, tras dos trimestres en negativo, el efecto estadístico que subyace a la reactivación de actividad permite recortar distancia con respecto a los niveles de producción registrados un año antes, cabe subrayar que en términos interanuales la situación continúa siendo preocupante, ya que a pesar de los cinco meses de actividad encadenados -que incluyen la temporada estival- el flujo de actividad continúa estando un 8,7% por debajo de los niveles alcanzados en el mismo periodo del año anterior, cifra que sitúan a España en el vagón de cola de las principales economías europeas y avivan la incertidumbre ante un cuarto trimestre en el que cada vez cobran mayor relevancia los escenarios más pesimistas que contemplan una nueva contracción de actividad por la necesidad de nuevas restricciones para frenar el impulso de la segunda ola de la pandemia.
Con los datos conocidos hasta la fecha sobre la evolución de los tres trimestres del año, y considerando un escenario central en el que el flujo de actividad no variase con respecto al trimestre anterior, la simple aritmética nos indica que la estimación de cierre del conjunto del año podría oscilar en torno a una caída interanual del 11%. A partir de este escenario central, un cuarto trimestre en positivo restaría profundidad a la contracción del conjunto del año, mientras que un último trimestre en negativo haría aún más profunda la caída anual hasta umbrales que esperamos superen el 12%.
A pesar de la elevada incertidumbre que acompaña a las previsiones del cuarto trimestre -dadas las sombras que subyacen a la previsible evolución de la crisis sanitaria- un dato importante a tener en cuenta en nuestro análisis es que históricamente la contribución del cuarto trimestre sobre la variación del conjunto del año es menor a la que tienen el resto de trimestres, por lo que a día de hoy el umbral en el que finalmente termine moviéndose la tasa anual es estrecho.
Por el contrario, la influencia de este trimestre sobre la evolución del año 2021 es de mayor relevancia, de ahí que la incertidumbre ante un último trimestre que parece dibujarse en negativo suponga un importante limitante al potencial de recuperación que esperamos observar en 2021, situación que pone sobre la mesa la necesidad de mantener medidas que ayuden a estabilizar la demanda como motor de recuperación en el corto plazo.
En este sentido el panorama dibujado de enero a septiembre de este año 2020 por todos los componentes de la demanda -con excepción del consumo público- no es nada alentador. Con una evolución interanual negativa que, como no podría ser de otra forma, se replica desde el punto de vista de la oferta, en la que sobresalen las variaciones interanuales negativas de la mayor parte de las ramas de actividad con la excepción de las agropecuarias y administraciones públicas, simbolizando la elevada profundidad de esta crisis sobre la estructura productiva de una economía altamente dependiente de actividades vinculadas al contacto social.
Los Presupuestos Generales para 2021 presentados recientemente por el Ejecutivo con su mayor techo de gasto buscan contrarrestar esta situación desde la ortodoxia Keynesiana, si bien no podemos olvidar que el previsible deterioro del escenario económico para 2021 aquí comentado podría terminar presionando a la baja sobre la recaudación fiscal del próximo año. Capacidad recaudatoria ya de por si condicionada por el efecto devengo y liquidación de un ejercicio económico duramente afectado por esta pandemia. Junto a lo anterior la rigidez del gasto podría terminar acentuando el riesgo de incumplimiento de las previsiones de déficit con el consiguiente efecto sobre la deuda, confianza e incertidumbre y, en definitiva, el potencial de recuperación de la economía, por lo que cada vez cobra mayor importancia el diseño de un plan de reequilibrio de las finanzas públicas como faro de guía de ejercicios venideros.
Aunque una buena parte de los recursos contemplados en los Presupuestos procederán de Bruselas -lo que añade una mayor incertidumbre al hecho de que finalmente se materialicen en este ejercicio- su vinculación con proyectos de inversión supone una excelente noticia de cara a apuntalar el crecimiento en horizonte de medio y largo plazo, dado el papel determinante de la innovación sobre la producción agregada de la economía. Pero este camino no solo debería estar liderado por el sector público, sino que es necesario un mayor protagonismo del conjunto de los agentes mediante la adopción de planes de colaboración público-privada que disipen las incertidumbres, mejoren la confianza de los agentes, y en definitiva reactiven las inversiones ya que, tal y como apunta el FMI, el efecto multiplicador sobre PIB es sobresaliente (casi tres puntos porcentuales por cada punto porcentual de incremento de la inversión pública), lo cual, sin duda, ayudará a mejorar la resiliencia de la economía ante crisis venideras.