En líneas generales el sistema financiero español afronta un 2021 incierto, ya que al que al recurrente problema de la rentabilidad que venía afrontando el sector durante la última década como resultado del mantenimiento de uno bajos tipos de interés que buscaban apuntalar el débil crecimiento económico que mostraba la eurozona -aunque con una ligera ventaja a favor del sistema financiero español con respecto a sus homólogos europeos.
Se le unirá el previsible repunte de la morosidad que esperamos observar a lo largo de 2021 -con especial incidencia en aquellos sectores económicos más sensibles a las medidas de distanciamiento y limitación de actividad, además de los préstamos al consumo- con previsiones que en el peor de los escenarios podría incluso alcanzar el doble dígito, todo dependiendo de la recuperación de la economía española -que ciframos en una tasa de crecimiento interanual del 6,6% para 2021 bajo nuestro escenario central- y de la evolución de las moratorias y dispensas regulatorias, situación que sin ninguna duda terminará impactando sobre los niveles de capitalización de las entidades en un momento en el que esa limitada capacidad de generación interna de capital se une a una captación en mercado cada vez más condicionada por la baja rentabilidad y la limitada remuneración al accionista prolongada recientemente por las autoridades europeas.
Frente a esta situación vemos de manera positiva la respuesta dada por las principales entidades, mientras que un grupo de ellas ha llevado a cabo importantes desinversiones en líneas o negocios de menor rentabilidad (como BBVA o, previsiblemente, Sabadell con su negocio británico), otro grupo ha apostado por el aprovechamiento de sinergias mediante operaciones corporativas continuando con la tendencia de concentración sectorial que venimos observando desde 2008 y que esperamos se prolongue en 2021, principalmente dentro del conjunto de entidades de menor tamaño, reacciones complementarias pero que en el caso de la segunda estarán acompañadas de la reducción de redes de sucursales y de plantilla que afectarán a la concentración bancaria y a la exclusión financiera.
Finalmente, el sector tiene por delante dos retos adicionales, en primer lugar la digitalización, la crisis sanitaria ha puesto sobre la mesa la necesidad de continuar invirtiendo para adaptarse a una demanda de servicios financieros cada vez más digitalizada, a los cambios regulatorios y a la creciente competencia que proviene de nuevos actores -como por ejemplo shadow banking y otros actores digitales ya consolidados-; y en segundo lugar las finanzas sostenibles, y aunque es cierto que su role de canalizador del crédito le permitirá desempeñar un papel protagonista -muestra de ello son las cada vez mayores colocaciones de bonos verdes efectuadas por las principales entidades españolas-, no podemos olvidar el indudable esfuerzo que se hará necesario para incluir la evaluación de la sostenibilidad dentro de la gestión de riesgos, tanto técnicos como humanos, considerando la disposición mostrada por el supervisor a incluir los riesgos ESG en el proceso de supervisión.