La actividad bancaria está inexorablemente ligada al ciclo económico. En tiempos de expansión, la banca mejora sus resultados y se ve obligada a realizar menos saneamientos, pero cuando la economía entra en recesión se produce el efecto contrario, disminuyendo beneficios e incrementándose las provisiones al haber menor actividad y más morosidad. Desde la última crisis financiera, la regulación bancaria ha puesto el foco en procurar que la banca esté menos anclada al ciclo y más preparada para soportar, sin significativas pérdidas de solvencia, las crisis económicas. De ahí los mayores requerimientos de capital, liquidez y las nuevas metodologías para el cálculo de provisiones, que ponen el foco en prever los escenarios adversos futuros más que en el desempeño presente de las carteras.
En la actualidad, la crisis económica como consecuencia de la paralización económica asociada al coronavirus aún no se ha manifestado en toda su crudeza, pero las entidades financieras están acusando ya en sus modelos predictivos cómo el abrupto cambio de ciclo va a incidir en la salud de su cartera crediticia. De ahí, están trasladando el adverso escenario macro a sus cálculos de provisiones y depreciando el valor de sus activos crediticios en previsión de una morosidad futura que aún no se ha producido, pero que indudablemente aumentará en buena proporción.
Fiel reflejo de esta tendencia son los resultados anunciados por la banca para el último semestre, que reflejan un impacto de provisiones anticovid que en promedio han absorbido un 30% del margen de explotación. No obstante, el BCE no permitirá el reparto de dividendo durante 2020 para contribuir, también desde el capital, a reforzar la solvencia de las entidades para que puedan tener más capacidad de absorber pérdidas futuras inesperadas. Tanto las entidades como el supervisor están más concienciados de la necesidad de anticiparse al ciclo y preparar los balances para los peores escenarios, una lección aprendida en la pasada crisis en la que los Estados y el propio sistema financiero tuvieron que salir al rescate de bancos insolventes, con gran coste para el contribuyente, para los accionistas de algunas entidades y la reputación de la banca.
Por otra parte, la crisis que ahora comienza está acelerando los planes de reducción de costes en el sector bancario, tan necesarios ante la estrechez de los márgenes y las nuevas dificultades que se avecinan. Los gastos de explotación deben reducirse drásticamente, puesto que los márgenes seguirán sufriendo también por una política monetaria expansiva que deprimirá los tipos de interés durante años y que se estima necesaria para que los Estados, fuertemente endeudados, puedan soportar las altísimas cargas financieras derivadas de la ingente deuda pública emitida y encuentren en el Banco Central un lugar donde aparcar buena parte de ella.
La duda es si las nuevas reducciones de personal y sucursales incidirán en una excesiva pérdida de calidad en la atención al cliente o las entidades serán capaces de compensar con el apoyo de la tecnología esa menor presencia sobre el terreno. En todo caso, es un proceso imparable en el cual está involucrado todo el sector que, a pesar de sus estrechos márgenes, no puede renunciar a realizar fuertes inversiones y gastos en TI si no quiere ver mermadas sus capacidades operativas y comerciales. Si la banca tuviera que operar con el modelo de negocio de hace tan solo una década, sería sencillamente inviable.
Otra cosa es si todas las entidades van a tener la misma capacidad de llevar a cabo el proceso de innovación continua que el negocio demanda. Así, se estima que el tamaño puede ser un factor crítico a la hora de estar en vanguardia de los cambios futuros dadas las ventajas de la economía de escala. Si a esto añadimos la crisis del coronavirus, es muy probable que puedan verse fusiones o absorciones en el medio plazo, bien por acuerdo entre las partes o por indicación del supervisor.
Aún es pronto para saber en qué proporción la crisis va a afectar a cada entidad, puesto que dependerá mucho de cuánto dure la pandemia y cuál sea el escenario de recuperación. Si todo se produce conforme a las últimas previsiones, el próximo año la economía experimentará un fuerte crecimiento, lo que puede ser muy positivo para el sector bancario y se evitarán escenarios más estresantes.
No es nada desdeñable que aproximadamente una quinta parte del activo bancario que financia actividades productivas esté avalado por el Estado, gracias a los préstamos gestionados por el ICO. Esta iniciativa no solo ha supuesto proporcionar liquidez a las empresas, sino que aliviará la carga de provisiones y pérdidas que tendrán que soportar las entidades, liberando asimismo capital. Supone un factor de estabilización de los balances bancarios a medio plazo y contribuye a la solvencia del sector decididamente tanto porque ha dado oxígeno a muchas empresas como porque ha evitado una excesiva contracción crediticia que hubiera perjudicada finalmente al propio sector bancario.
Estamos pues ante una gran incertidumbre para el sector bancario y toda la economía, pero los mecanismos de solvencia, la mejora en la predicción de la influencia macro en los balances bancarios y la mayor prudencia de las entidades y el supervisor no hacen prever escenarios tan dramáticos como los que vivimos en la última crisis.